Así Era Yo

Mi vida antes de que todo cambiara

En esta parte de mi página quiero abrir una ventana a mi vida, a mis raíces, a la joven que fui antes de que el destino cambiara mi camino para siempre. Quiero que conozcáis a Alicia antes de la tormenta, antes de la lucha, antes de todo lo que vino después.

Me llamo Alicia Salort Asensio. Nací el 14 de octubre de 1974 en Gandia, en el antiguo Hospital Francesc de Borja. Aquel edificio ya no existe, pero sigue vivo en mi memoria, como tantas otras cosas que el tiempo se llevó, pero que yo me niego a olvidar.

Vengo de una familia humilde, sencilla y profundamente trabajadora. Soy la tercera de cinco hermanos, y crecí rodeada de ese caos bonito que solo las familias grandes conocen: risas, discusiones, carreras por el pasillo y una mesa siempre llena aunque no hubiera lujos. Mis padres eran gente corriente, de esas que se dejan la piel cada día sin pedir nada a cambio. De ellos heredé la fuerza, la constancia y la capacidad de valorar lo verdaderamente importante.

Estudié en el colegio público Roís de Corella, el mismo en el que hoy estudia mi hija. Cada vez que la veo entrar por esa puerta, siento que la vida, a veces, tiene una manera preciosa de cerrar círculos. Más tarde continué mis estudios en el Instituto Politécnico Tirant lo Blanc, donde obtuve el título de Administrativa y una especialización de dos años en Comercio Internacional.

Mi infancia se dividió entre Gandía y Marxuquera, un lugar que para mí siempre será sinónimo de libertad. Mis padres tenían allí una pequeña “caseta”, como decimos en la Safor, y pasábamos los veranos y muchos fines de semana de invierno. Aquel rincón, rodeado de naturaleza, fue mi refugio, mi patio de juegos y el escenario de algunos de los recuerdos más felices de mi vida.

Crecí en la Plaza Elíptica, en un quinto piso justo encima de la recordada pollería Carmen. Hoy ya no existe, pero si cierro los ojos aún puedo oír el bullicio del barrio, escuchar las voces de los vecinos y verme asomada al balcón observando el mundo con la curiosidad de una niña que soñaba con todo.

Los veranos eran mágicos. Mis amigas y yo nos reuníamos por las tardes en el bar Mickey, o en la Ermita, donde compartíamos nuestros primeros secretos, nuestras primeras risas de verdad y también nuestros primeros cigarrillos a escondidas, siempre con el miedo de que algún adulto nos descubriera.
Durante las fiestas de Marxuquera, las verbenas eran el acontecimiento del año. Era la única época en la que nos dejaban “velar” hasta tarde, y lo vivíamos como si cada noche fuera irrepetible.

Mis grandes amigas de entonces eran Sonia, Pamen y Marta. Éramos inseparables. Compartimos confidencias, travesuras, ilusiones y desengaños. La vida, con el tiempo, nos llevó por caminos distintos, como suele ocurrir.

Hoy solo una de ellas sigue a mi lado. No diré quién es, porque no hace falta. Ella lo sabe.
Sabe que nunca dejó de visitarme.
Sabe que nunca dejó de preguntar por mí.
Sabe que, incluso en mis silencios, estuvo presente.
Y sabe, más que nadie, que en lo más profundo de mi corazón… la llevo conmigo.

Cómo conocí a mi marido, el amor de mi vida

Hay momentos que parecen insignificantes, casi casuales, pero que en realidad están destinados a cambiar una vida entera. El mío ocurrió en octubre de 1989, cuando yo acababa de cumplir 15 años y él tenía 18. No lo sabía entonces, pero aquel día, en un rincón sencillo de Marxuquera, estaba a punto de conocer al hombre que marcaría mi historia para siempre.

Nos encontramos en la Ermita, uno de esos lugares que formaban parte de mi juventud, y también en el bar Mickey, que hoy ya no existe, pero que para mí siempre será un punto de partida. Allí estaba él: Richard, un chico de mirada noble, tranquilo, con esa mezcla de timidez y seguridad que solo tienen las personas auténticas.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Él estaba jugando en una máquina recreativa de la época, la mítica “Bubble Bobble”. Yo me acerqué a mirar, como hacíamos todos entonces, fascinados por aquellos videojuegos que hoy parecen tan simples pero que entonces eran pura magia.

Y entonces ocurrió.

En medio del juego, se le escapó el mando y, sin querer, me dio un golpe con el codo. Nada grave, apenas un gesto torpe, pero lo que vino después fue lo que lo cambió todo:
se giró enseguida, me miró a los ojos y me pidió perdón con una sinceridad tan limpia que me desarmó.

Un par de años más tarde, cuando ya llevábamos tiempo juntos y hablábamos de todo sin filtros, fui yo quien le confesó que ese fue el instante exacto en el que me enamoré de él. No fue el golpe, ni el juego, ni el bar. Fue —según le conté— la forma en que se disculpó, tan espontánea, tan honesta, tan de verdad. Ese gesto sencillo, casi torpe, fue para mí una señal. Y él, al escucharlo, entendió que el amor a veces nace así: en un segundo que parece pequeño, pero que lo cambia todo.

Durante un mes nos vimos solo los fines de semana, siempre rodeados del grupo de amigos. Miradas que se buscaban, sonrisas que se entendían sin palabras, esa complicidad que nace sin que nadie la fuerce. Éramos jóvenes, sí, pero lo que sentíamos era real.

Y entonces llegó el 12 de noviembre de 1989.
Un día que, sin saberlo, se convertiría en uno de los más importantes de nuestras vidas.

Ese día pasó de todo:

  • Nos hicimos novios, oficialmente.
  • Es el cumpleaños de su hermana mayor.
  • Y además fue el día en que a Richard le tocó el sorteo del servicio militar.

Tres acontecimientos distintos, unidos en una misma fecha que desde entonces forma parte de nuestra historia como un símbolo, como un cruce de caminos que marcó nuestro destino.

Los meses siguientes fueron intensos, llenos de ilusión, de planes, de esa emoción que solo se vive en los primeros amores. Pero también estaban teñidos por la sombra de lo inevitable: en marzo de 1990, Richard tenía que irse al ejército.

Y así termina este capítulo.
Con un amor recién nacido, con dos jóvenes que empezaban a descubrirse, y con una despedida que no rompió nada… sino que fortaleció todo.

Porque lo que estaba por venir —la distancia, las cartas, la espera, la vida— no hizo más que demostrar que lo nuestro no era un capricho adolescente.
Era amor del bueno.
Del que resiste.
Del que permanece.

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